UNA PROFESORA LLAMADA FRUSTRACIÓN

Iván Pérez, alumno de 4º ESO B

Hoy es uno de esos días en los que, tras tantos años trabajando, siento la necesidad de echar la vista atrás y  ver cómo comenzó un sueño que con el tiempo se acabaría convirtiendo en una pesadilla.

Aún recuerdo mi primera vez como profesor, yo era un chaval lleno de ilusiones que me entusiasmaba con la sola idea de formar parte de la vida mis alumnos y de poder transmitirles todos mis conocimientos. En ese momento, para mí, era la profesión más bonita del mundo. A fin de cuentas, era un soñador, pero… no tardé en despertar.

El primer día al cruzar la puerta del instituto lo único que vi fueron adolescentes sin ganas de aprender y profesores que tras ser apaliados por la frustración habían perdido las ganas de enseñar, pero yo era un iluso y creía que a mí eso nunca me sucedería, creía que era distinto a los demás  y que mis alumnos se interesarían verdaderamente por mi asignatura y por los conocimientos y valores que les podría inculcar. Y ¡qué equivocado estaba! con el tiempo fui cayendo en un círculo vicioso creado por la apatía que desprendían los estudiantes y que yo les devolvía en forma de frustración. Los profesores nos contagiábamos de la actitud de los alumnos y los alumnos de la de los profesores, el ciclo parecía no tener fin.

Aun así, eran las primeras semanas de curso y quería creer que todo esto sería pasajero, que todo cambiaría y conseguiría sobreponerme a esta tediosa situación, pero el  cansancio y la frustración fueron mayor que mi voluntad y acabe siendo devorado por las fauces de la impotencia, provocando una agonía lenta y dolorosa que a día de hoy sigo sufriendo.

Aunque intento superarlo siempre acabo dándome de hostias con la realidad y día tras día voy entendiendo que no se puede enseñar a  quien no quiere aprender. Y en esa clase, nadie parecía querer aprender nada, solo pensaban en el sexo, en salir de fiesta y jugar a la play station. En fin, ese es el concepto que tienen de diversión. En sus inmaduras cabezas no hay cabida para nada más.

Ni siquiera los que aprobaban querían aprender, la gente se iba de allí con la mochila llena de aprobados y con sus cabezas vacías de conocimientos.

Bueno, y si suspenden se escudan en que les tengo manía. Y sí, es verdad que muchos de ellos son insufribles, pero no por ello les tengo ninguna manía ni nada por el estilo.

Últimamente parece que mi trabajo consiste en aguantar  impertinencias e improperios de adolescentes en vez de enseñarles nada, hacer de padre, de juez y de profesor al mismo tiempo es agotador.

En fin, son estas cosas las que me van envenenando día tras día, semana tras semana y mes tras mes hasta acabar siendo la persona desmotivada y conformista que soy hoy. Llevo años encerrado en una rutina que parece no acabar nunca. La frustración mató mi sueño y lo enterró junto a mi voluntad. Ahora para mis alumnos no soy más que otro ladrillo en el muro, pero quien sabe quizás todavía este a tiempo de recuperar la ilusión que un día tuve.

 

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